El desbalance de poder y la ausencia de consentimiento en casos de violencia.

diciembre 29, 2021
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Por Emily Pasaguay Alejandro*

La sociedad ecuatoriana sigue manteniendo un nivel de debate en el que mitos, tales como ‘la violaron porque se vestía de forma provocativa’ y ‘el o la menor fue quien sedujo al adulto’, continúan aceptándose como argumentos de peso al analizar los casos de violencia y abuso sexual, promoviendo un ambiente hostil para la víctima que decida denunciar e induciéndola a un proceso de revictimización; esto evita que el agresor cumpla con la pena debida. Una de las razones por las que esto ocurre es la omisión del análisis del consentimiento y el desbalance en las relaciones de poder.

En Ecuador no existen programas de educación sexual que faciliten el acceso a información confiable, que exhorten a la desmitificación y promuevan un debate del tema dentro de entornos seguros. Esto produce que, al tratar temas sobre relaciones interpersonales, particularmente aquellas que abordan aspectos de índole sexual, surja una cantidad significativa de mitos y tabúes, los cuales perpetúan el nivel de desinformación dentro de la sociedad e impiden un diálogo abierto. Plantear ideas que indiquen que alguien, al vestirse de forma ‘sugerente’, está otorgando permiso a una insinuación por parte de otra persona, o que menores de edad pueden seducir al adulto o adulta, fallan en considerar las nociones más básicas del consentimiento y el desbalance en las relaciones de poder.

El consentimiento puede entenderse como la capacidad de otorgar una respuesta afirmativa en un marco de voluntariedad e información, y que permite, por la condición de la persona, que esta sea brindada de forma consciente (Uzcátegui, 2021). Es bajo estas condiciones que, como señala Pérez (2017), se impulsan campañas con el mensaje ‘solo sí, significa sí’, invalidando el mal denominado “consentimiento”, brindado en escenarios en los que se presente una resistencia, indecisión o que la persona se encuentre en un estado que le imposibilite ejecutar una decisión autónoma y racional; ya sea por causales físicas, mentales o externas. Es decir, cualquier contexto en el que no se decida ejercer una libertad sexual, informada y consensuada equivale a un abuso.

El consentimiento debe ir de la mano de un análisis de las dinámicas de poder, ya que estas dinámicas, por su naturaleza, están en capacidad de viciar la voluntad de la persona en la toma de decisiones, anulando este consentimiento. Con frecuencia se asume que el poder solo se encuentra en la política o en los ámbitos laborales, sin considerar que este es un concepto “sociológicamente amorfo”, por lo que puede encontrarse presente en todo tipo de relación social (Weber, 1993). La coerción (amenazas), manipulación (desconocimiento de intencionalidad) y fuerza (violencia), son todas formas de poder mediante las cuales el agresor puede obtener un falso permiso de la víctima.

Según Weber (1993), el poder es “la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social, aún contra toda resistencia y cualquiera sea el fundamento de la probabilidad” (p. 43). Si nos situamos en el contexto ecuatoriano, en el que las percepciones, ideas y comportamientos machistas continúan siendo preponderantes, resulta evidente que las minorías sean las más afectadas, ya que estas son más vulnerables a situarse en una relación en la que exista un desbalance en las dinámicas de poder y este se ejerza en contra de su voluntad.

Las mujeres, la población infante, personas LGBTQ+, personas con necesidades educativas especiales asociadas a la discapacidad, adultas y adultos mayores, entre otros, son minoría al tener un menor acceso a cuotas de poder; situación que suele reflejarse en índices de abuso y violencia más altos dentro de esos grupos poblacionales. No obstante, vale recalcar que los hombres que no encajen en las categorías mencionadas también pueden ser víctimas de abuso o violencia sexual.

La falta de un replanteamiento de las percepciones mencionadas a nivel de sociedad tiene repercusiones inmediatas que vulneran la integridad y bienestar de las personas, más allá de la violencia y abuso sexual. Entre otros efectos se encuentran el embarazo adolescente, embarazo no deseado (producto de violación), la deserción escolar, el incremento en las tasas de suicidio, por no mencionar el victim blaming, donde se culpa a la víctima por el abuso que sufrió; además de un entorno hostil para la víctima que desea denunciar, ocasionando la revictimización. El no comprender la forma en que el poder actúa y, por consiguiente, la importancia del consentimiento, perpetúa la incidencia de estas problemáticas.

Referencias

Pérez, Y. (2017). California define qué es “consentimiento sexual”. SciELO n(25), 113-133. https://doi.org/10.1590/1984-6487.sess.2017.25.06.a

Uzcátegui, V. (2021, 3 de junio). Interacciones Sexualizadas entre niños, niñas y adolescentes [sesión de conferencia]. Webinar internacional: Intervenciones en Crisis, Guayaquil, Ecuador.

Weber, M. (1933). Economía y Sociedad (2.ª edición). Fondo de Cultura Económica.

* Estudiante de titulación la carrera de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Facultad de Administración y Ciencias Políticas de la Universidad Casa Grande (UCG).

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