El forastero

febrero 25, 2021
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Por Octavio Loyola*

Y la oscuridad no se iba nunca. Le decían que ya era de día, pero para él seguía siendo de noche, una noche perpetua y luctuosa. Los faroles no alumbraban, y solo un tenue parpadeo de las luces de los autos iluminaban el camino. Andaba a tientas, trémulo, como buscando.

Nadie sabía lo que buscaba y tampoco ninguna persona le proporcionaba una ayuda efectiva. Pocos se preguntaban por la suerte de aquel extraño forastero recorriendo la orilla del río. Pocos adivinaban su origen y lo tomaron por loco. Una anciana le daba cada tarde un suculento almuerzo, que preparaba para su marido, quien nunca llegaba a comer, pues se había muerto hace doce años.

Así pasaron los días, meses y años, con aquel forastero merodeando por los barrios al pie del gran río. En algunas ocasiones, la policía lo detuvo para pedirle documentos y el extraño sujeto les presentó un sucio y desgastado pasaporte que le acreditaba una nacionalidad de un lejano país tropical. Estaba lleno de sellos que denunciaban una larga peregrinación por el mundo. A veces le preguntaban dónde quedaba aquel exótico país en el que había nacido y el forastero musitaba que en el mar, en el más grande y hermoso mar. Los policías se miraban, encogían los hombros y se marchaban en su vehículo todoterreno para poder sortear la nieve.

Y el forastero preguntaba periódicamente por la hora, y cuando le respondían, se decía entre maldiciones: “Carajo, ¿cuándo llegará la mañana?”. Y así lo veían, esperando la luz en invierno, cuando la nieve y el frío congelan; y en verano, cuando el sol y el calor ahogan; y en primavera, con su glauca magia; y en otoño, con su pincelazo de café y melancolía. Lo observaban sentado en la orilla, sobre una roca, tiritando de frío y miedo por la oscuridad. Apenas respondía cuando algún buen samaritano le preguntaba la razón de estar allí, sentado, muriéndose de frío. Lo único que se le escuchaba constantemente era: ¡Carajo!, ¿¡cuándo llegará la alborada!?

Y un día el forastero no estaba más, y el mismo día la anciana desapareció. La anciana vivía en la villa cuatro, diagonal al puente sobre el río. Sospecharon de inmediato del forastero. Con su locura de la oscuridad, algún día iba a cometer un crimen; “era de preverlo”, dijo alguno. Y nadie supo por algún tiempo del forastero ni la anciana. Ya muchos se habían olvidado de su existencia.

Una mañana, los vecinos encontraron en una de las páginas del periódico matutino: “Anciana y forastero, que se creían desaparecidos, fueron hallados por la Interpol en un lejano país tropical, al que habrían ingresado ilegalmente”. “¡Al fin es de día!”, respondió en los interrogatorios el forastero, al preguntarle por su nacionalidad. “¡Al fin llegó mi vida!”, respondía la anciana, al cuestionarle por su estancia irregular en una nación tan lejana a la suya.

Y no volvió a ser de noche para el forastero, a pesar de que le decían que era hora de dormir. Lo sacaban de los bares, asegurándole que ya era hora de cerrar; y las luces se encendían en la ciudad, sin que él pudiera entender por qué en el país del gran y hermoso mar, y de un sol tan radiante, necesitaban luz artificial, cuando un ígneo resplandor lo alumbraba todo. Uno de los policías que había conocido al forastero, al ver una foto del tipo en el periódico, dijo muy seguro de sus palabras: “Ese es, aunque ahora se ve tan diferente”.

* Sociólogo de la Universidad de Guayaquil. Cursando la maestría en Educación con énfasis en Investigación e Innovaciones Pedagógicas en la Universidad Casa Grande. Escritor y docente de Filosofía y Ciudadanía en la U. E. Teniente Hugo Ortiz.

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