Lo inconciliable del Otro que no existe para todos.

junio 20, 2021
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Por Carlos Galarza Coello*.

Aunque mi relación con el psicoanálisis ha sido antagónica en más de una ocasión, este breve escrito busca realizar una suerte de reconciliación, que tiene como fin reflexionar acerca del intento de universalizar una verdad para-todos.

El psicoanálisis siempre ha sido definido de varias formas, desde ser conceptualizado como una práctica clínica a ser considerado una ética y hasta un método investigativo. Sin embargo, hay algo que le es inherente: el intento de analizar al sujeto, su inconsciente y cómo este deviene en un tipo de subjetividad que se topará con muchas otras subjetividades.

El Otro que no existe es una interpretación psicoanalítica que me ha permitido pensar diversos fenómenos sociales desde una perspectiva que, muchas veces, puede ir en contra del sentido; sobre todo cuando se intenta definir algo como ‘correcto’ o ‘incorrecto’, o también, cuando se busca forzar la presencia de algo que pueda ser considerado como definitivo.

Jacques Alain Miller (2005), en colaboración con Éric Laurent, desarrolló un seminario en el que profundizaban la categórica afirmación de que el Otro no existe, siguiendo una de las elaboraciones del psicoanalista Jacques Lacan; teniendo en cuenta que el Otro es entendido como una esencia normativa o un principio absoluto que incluye y convence a ‘todos’. Un principio que conllevaría a representar el goce particular de cada sujeto; que logre, finalmente, universalizar y normar un principio de orden que podría enunciar la ‘verdad’ de aquello que puede ser considerado como ‘bueno’ o ‘malo’ de forma absoluta y ante toda subjetividad.

No obstante, y como hemos aprendido de forma más desagradable que placentera en la pandemia, aquello que consideramos evidente puede, sorpresivamente, ser el motivo de rechazo y resistencia para un Otro que se opone totalmente a nuestra conclusión.

Hemos visto enunciados que se han viralizado gracias a la digitalidad: desde grupos numerosos de personas que afirman que la pandemia es una invención de un grupo de villanos con gabardinas que quiere destruir al mundo occidental, hasta la idea de que doctores, con los más recientes datos científicos, son parte de una conspiración internacional para colocar microchips a través de vacunas y vender mascarillas. En definitiva, ‘una locura’, uno pensaría. Pero es ahí cuando evidenciamos la falta del gran Otro, la ausencia de la verdad última que convenza a todos. Es ahí, en el encuentro con lo inconciliable, cuando nos encontramos con que lo evidente para nosotros no lo es para el otro. Ahí, cuando nuestro rechazo es más grande, el otro ha encontrado un sentido absoluto que responde a todas sus inquietudes y miedos.

Aunque dicho fenómeno es algo que ocurre en la cotidianeidad, el hecho de que se haya presentado en el contexto de una pandemia, en la que el discurso científico debería imperar, nos habla acerca de un incómodo factor que nos vemos obligados a recordar. Y es que no importa qué tan convencidos estemos de nuestro ideal o nuestra verdad, nunca será una realidad con la que todos se van a sentir identificados. Sin importar las evidencias, pruebas o los argumentos, siempre existirá un punto inconciliable cuando se trata de intentar que exista una verdad ‘para todos’. No es nueva la intención de querer universalizar los derechos, el conocimiento o las creencias, así como no es novedad el fracaso de quienes han buscado hacerlo. Incluso, si se proclaman muy cerca de lograrlo.

Más allá de las apreciaciones filosóficas de la posmodernidad o el fenómeno de la post verdad, el encontrarnos con que no hay juez o dios imposibilita que la humanidad concluya que “esta es la mejor forma de vivir y esta es la verdad que nadie puede negar”. Esto es lo que nos deja el planteamiento de que el Otro no existe.

Queremos, buscamos, hacemos existir ese Otro; ese principio que no deja lugar a ninguna duda o ningún desacuerdo. Nos convencemos de que tenemos los mejores argumentos y pruebas. Y, sin embargo, eso no es ni ha sido suficiente. Y, al contrario, no hay orden que, finalmente, logre convertir algo en evidente ‘para todos’. Creemos que la educación, el diálogo o ‘la correcta’ interpretación de ‘la verdad’ es la solución al problema, pero más temprano que tarde nos encontramos con lo inconciliable. Descubrimos que, simplemente, no todos podemos estar de acuerdo.

¿Quiere decir esto que debemos dejar de intentar definir algo que nos dé sentido y caer en un relativismo absoluto? No. Se trata de dejarse sorprender alegremente por el Otro inconsistente, de cuyos semblantes innecesarios podemos prescindir, a condición de utilizarlos para ordenar en algo este mundo precario, y arreglárnoslas de distinta manera con nuestros síntomas y embrollos.

Referencias

Miller, J-A. (2005). El Otro que no existe y sus comités de ética. Seminario en colaboración con Éric Laurent. Paidós.

* Psicólogo clínico. Magíster en Dirección de Talento Humano de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo. Estudiante de tercer año de la carrera en Ciencias Políticas de la Faculta de Administración y Ciencias Políticas de la Universidad Casa Grande (UCG). Apasionado por la filosofía.

 

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