La misantropía de Hans.

marzo 3, 2022
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Por Octavio Loyola*

Recogiendo el limo de los caminos con sus desgastados zapatos, va Hans con su desolada aura. Recorre desconocidos parterres, aceras y andenes atiborrados de la nieve madrugadora, en cuyas semillas germina una nueva estación, la que Hans no conocerá; pues trae como acompañante a la misantropía. Con ella a cuestas, no lo ayuda a nada, solo lo acompaña, muda testigo de su congoja duradera.

Hans vive al lado de un puente por el que cruza muy de repente algún viejo tren. Hans lo espera, suspira cuando lo escucha pasar. Sabe que no lo llevaría a su destino. Está solo, acompañado con su suerte infértil. Solo, con el puente y el río, con los árboles y el frío, completamente huérfano. Solo con la noche, solo con la luna, solo con el recuerdo, pero más solo que nunca. Casi ha olvidado el sonido de su propia voz. Hay muchas palabras que le cuesta traer a la mente por su largo desuso. No hay suave piel, no hay balsámica caricia, no hay labios refrescantes.

Solo con su pérdida de la que no puede recuperarse. Solo con su desgracia, la que cree ineluctable. Solo con su dolor, con su llanto. Solo con su espera, con su cicuta, de la que bebe un poco cada día. Solo en la tarde, cuando el sol se marcha temprano y le trae la noche enseguida. Ve los sueños pasar por sus ojos sin poder alcanzarlos, aunque los llame o les grite, aunque extienda mucho los brazos.

Hans está solo. Parece que ni su propio cuerpo le perteneciera. Solo en su habitación, esperando que alguien toque su puerta para preguntarle cómo está. Si es una dama la que llegase, Hans esperase que lo abrace sutilmente, le bese la frente, ambas mejillas, el cuello, la barbilla y, finalmente concluido el extraño ritual, que lo bese en la boca, apasionadamente. Pero nadie aparece, pues Hans tiene como compañera a la misantropía, y ella no cuenta.

Nadie le escribe, nadie se pregunta si vive o muere, si come o está enfermo. A nadie le importa su sentir ni el motivo de su recurrente melancolía. Hans no tiene a nadie, sin embargo, no encuentra en ese desapego total de cualquier ser u objeto amado la paz que auguraba el Buda. Es verdad que no sentirá dolor por la muerte de algún ser amado, pues carece de ellos, pero esa certeza no lo conmueve. Sabe que la amargura, sin parangón de la soledad, lo consume día tras día, como a un enfermo de un mal incurable. Y esa soledad que lo consume llevará a Hans a buscar alguna salida insensata que, al final, no le resultará salida, sino un volver a empezar.

Retorna cada tarde de su caminata por el viejo puente y solo encuentra a la misantropía, que lo espera junto a su taza de café. Hans trata de convencerse de que es pasajera. Que el lobo estepario que vive en su interior capitulará al escuchar las crepitaciones de un alma que está a punto de arder en una hoguera encendida desde la Edad Media; cuando en lugar de un lobo solitario era un monje valdense o un pagano confeso. Censurado nuevamente, esta vez por la muchedumbre.

Y así Hans añora volver a su viejo monasterio, al lado de un templo gótico, ya sea como monje cenobita o coadjutor; para no volver a sentirse abatido por la misantropía, redimido por la ajetreada jornada monástica, su fe y sus colegas de claustro.

* Magíster en Educación con énfasis en Investigación e Innovaciones Pedagógicas de la Universidad Casa Grande. Sociólogo de la Universidad de Guayaquil. Escritor y docente de Filosofía y Ciudadanía en la U. E. Teniente Hugo Ortiz.

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