Cuento: Mariposa azul.

enero 9, 2023
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Por María Daniela Astudillo*

A continuación, presento Mariposa azul, una carta de despedida a alguien que alguna vez tuvo un lugar especial en mi vida; y Samael, un cuento de efecto espeluznante y en primera persona, sobre una chica y su relación con un compañero de clases, de quien descubre un lado estremecedor de su personalidad conforme pasa el tiempo.

Eres una brillante mariposa azul, que vino a mi vida cuando seguía siendo un capullo de flor. Tus alas me ayudaron a abrir mis pétalos. Tus palabras les dieron color. Tu aleteo me despegó de la rigidez de mi suelo y me enseñó a volar sola. Sola, pero no solitaria.

Tus antenas detectaban mis más ligeros estímulos. Tu corazón conoció los deseos del mío. De tu mano aprendí a reconocer mi brillo cuando me sentía como un clavel marchito. Y sin darnos cuenta, aprendimos a convivir entre tu mundo silvestre y mi jardín de lirios.

Siempre me vi como una rosa; tú me viste como una libélula: una libélula que logró despegar y alzarse al cielo; quizá siempre lo fui, pero nunca lo vi hasta que me lo mostraste tú. Tal vez el alma de las flores es una libélula, que se libera cuando reconoce que hay más que la tierra que las ata a la inmovilidad.

Eras una brillante mariposa azul, pero ahora esa imagen tuya es solo un recuerdo. Tus alas se han ennegrecido y tus antenas apuntan hacia otro lugar. Mis lágrimas de cristal se han convertido en rocío y mis alas reflejan el tornasol de mis sentimientos. Has volado hacia un nuevo rumbo y me toca lo mismo sin más. Ojalá algún día, entiendas lo doloroso que fue ver a mi compañera irse sin mirar atrás.

Eras una brillante mariposa azul…

Samael

Siempre me había encantado el chocolate: negro, blanco, con leche, con nueces, de todo tipo. Para mí, no había nada más delicioso en el mundo… O así lo fue hasta conocer a Samael. 

Era muy callado, su presencia apenas se notaba en clases. No era especialmente guapo, pero sus ojos me resultaban hipnóticos. 

Un día salí tarde del salón y me lo topé en la entrada. Notó mi cara lánguida y, con rapidez, abrió su mochila y sacó la caja de bombones más hermosa que había visto. Me dijo que le había parecido simpática y que esperaba que fuese su amiga. Tras dar el primer bocado al contenido de la caja, sentí que el corazón me latió con fuerza y mis mejillas se sonrojaron. Sin duda, no solamente estaba fascinada con el regalo… 

Samael preparaba los bombones. Y, desde entonces, todas las mañanas me sorprendía con una nueva receta para degustar. Cada una sabía mejor que la anterior. Mis amigas me decían que había algo en él que no les agradaba; algunas, incluso, hallaban su mirada tétrica. Traté de convencerlas de que estaban haciéndose ideas sin sentido y les ofrecí los bombones que me había dado; cuando estaban a punto de llevárselos a la boca, Samael apareció de la nada y de un manotazo se los tiró a cada una al suelo. Dijo que nadie, absolutamente nadie que no fuera yo, podía comerlos. Tenía la mirada desorbitada. Mis amigas estaban pálidas. Por primera vez, sentí miedo de él.

Los días pasaron y empecé a notar que sus chocolates tomaban un sabor cada vez más extraño, pero, aun así, no podía evitar comerlos: si no lo hacía, un dolor espantoso me invadía el estómago y el cuerpo me temblaba. Una tarde salimos a pasear y vi que más de una persona le clavaba la mirada con extrañeza, y los animales callejeros le huían. Paramos frente a un estanque y de pronto empezó a agarrar pececitos entre sus raquíticas manos, y los aplastó hasta quitarles la vida. No pude ni siquiera gritar. Samael sonreía, diría que incluso de gusto. Sacó una bolsa de plástico y los guardó uno por uno. Estaba loco.

La escena del estanque me trajo continuas pesadillas. Deseaba con todas mis fuerzas alejarme de Samael, pero mi dependencia a sus bombones era cada vez más fuerte. Aun así, me decidí a sacarlo de mi vida. Lo cité en un parque y, antes de empezar a hablarle, me extendió una última caja de dulces. No pude resistirme. Sin pensarlo, la agarré con ambas manos, la abrí y me metí una de las delicias en la boca. Una tranquilidad inmensa invadió mi cuerpo, hasta que sentí algo aguado y desagradable. 

Escupí del asco y, mientras trataba de limpiarme los dientes, descubrí una pequeña porción de un pez que se asomaba por la mitad restante del dulce; pude reconocer su origen. Samael se reía y parecía que los ojos se le salían. Le grité aterrada y le pregunté por qué me hacía esto, qué era lo que quería de mí tras tenerme a su merced con esos bombones que quién sabe qué otra asquerosidad les había puesto antes.

Sin respuesta alguna, hui, con el estómago ardiendo como si tuviera una úlcera; y, al pararme frente a un charco, me vi bien: mis ojos ya no eran míos, mi rostro tampoco. Ya no era yo. Volteé hacia mi espalda y, acomodándome el cabello tieso con estas manos raquíticas que no me pertenecían, me vi a mí, sin ser yo, caminando en dirección contraria con una caja de chocolates. Llevaba una sonrisa que, sin importar la cara, sabía quién la expresaba.

* Estudiante de primer año de la carrera de Literatura, que pertenece a la Facultad de Artes de la Universidad Casa Grande (UCG).

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